BALADA DE LOS CAÍDOS

martes, 1 de agosto de 2017

EMPIEZA A LEER LA NOVELA



Por si te acabas de incorporar al mundo de Balada de los caídos, reproducimos a continuación el primer capítulo de la novela para que puedas introducirte en la historia. ¡Qué lo disfrutes!


1
Regreso a Hellstown


     Es estremecedora la primera vez que uno llega a Hellstown y contempla la vertical silueta de la ciudad, desdibujada por la niebla de la bahía y la contaminación. Un horizonte escarpado sobre el que se recorta un cielo sucio de día y sin estrellas de noche, hacia el que se yerguen las agujas de la gigantesca catedral, que parece competir con los rascacielos por alcanzarlo. Pero para los habitantes de Hellstown –que como es sabido, no es el verdadero nombre de la ciudad, aunque todo el mundo la llama así– no hay cielo que valga. Éste nunca brilla azul para ellos, y sus promesas quedan demasiado lejanas.
   No era, sin embargo, la primera vez que Blake se encontraba con este panorama gris y opresor. De hecho, se había criado en la ciudad, hacía muchos, muchos años, cuando ésta no era aún tan inmensa como llegó a ser. Ahora se reencontraba con ella, después de otros muchos años fuera. Había estado vagando de aquí para allá, en busca –eso había creído, ingenuamente– de sí mismo, de las respuestas que necesitaba. Pero ya sabía que las únicas respuestas que encontraría se hallaban en la ciudad de la que había tenido que irse hacía veinte años. Su viaje lo llevaba de vuelta al hogar, o por lo menos a aquella ciudad que era lo más parecido a un hogar que había conocido. Al menos una vez lo fue.
    Blake se bajó del autobús que lo había dejado en la Estación Central, y tras recorrer el enorme y abarrotado vestíbulo, esquivando a la gente, salió a la calle con una gran bolsa de viaje –su único equipaje– al hombro. Tuvo una sensación como de ensueño, la misma que tenía en cualquier ciudad a la que volvía. Y eran ya muchas ciudades, puesto que había viajado muchísimo, y había regresado muchas veces a muchos lugares, a lo largo de su dilatada vida. En realidad, él siempre estaba de regreso, y sin embargo, después de tanto tiempo, seguía sintiéndose como alguien que nunca está en su hogar, vaya donde vaya. Pero, al fin y al cabo, no era algo raro, pues eso era él: un apátrida, uno de los Desterrados. Estaba en su propia naturaleza.
     Fuera de la estación, frente a la amplia avenida que, a esas horas, poco después del anochecer, bullía de vida, se detuvo a contemplar lo que lo rodeaba. Gente yendo desordenadamente de aquí para allá, brillantes letreros publicitarios de neón iluminando la noche, los coches circulando como bombeados rítmicamente por el invisible corazón de la ciudad… Vida por todas partes, ajena a su presencia. Así tenía que ser, y era mejor para todos. Cuanto menos supieran de los que eran como él, tanto mejor.
     Encendió un cigarro. Le dio una honda calada y miró hacia arriba, hacia el negro pedazo de cielo que la ciudad intentaba iluminar. A continuación, tiró el cigarro al suelo, lo pisó con su bota y se giró hacia el reloj de la estación para ver qué hora era. De repente sintió un escalofrío: la gran esfera, suspendida sobre la puerta principal de la estación, señalaba las cinco menos veinte. Se había parado, pues debían de ser cerca de las siete de la tarde. Las cinco menos veinte, lo recordaba perfectamente, era la hora que indicaba ese reloj la última vez que lo miró, veinte años atrás, al cruzar esa misma puerta, a punto de iniciar el largo periplo del que ahora regresaba. De hecho, nunca olvidaría ningún detalle de aquellos días amargos que ocasionaron su partida. ¿Cómo podía ser aquello? ¿Se había detenido el reloj justo entonces? ¿Y no lo habían arreglado? Parecía como si el tiempo no hubiera transcurrido desde su marcha, como si esperara su vuelta para reanudarse. No supo cómo interpretar ese augurio, porque eso es exactamente lo que le pareció.
     Decidió no quedarse allí dándole vueltas a una pregunta para la que no tenía respuesta. Tenía que llegar al barrio de Blackpoint, al oeste de la ciudad. Allí estaba su antiguo piso, y a pesar del tiempo transcurrido desde la última vez que estuvo en él, esperaba que todo siguiera en orden. Una de las ventajas de tener tantos años es que el dinero metido en el banco da muchos intereses. De una de sus varias cuentas, de las que por lo general no se cuidaba, se cobraba una agencia encargada de por vida del mantenimiento de sus propiedades. Blake suponía que habrían hecho su trabajo en su ausencia, y que su casa seguiría siendo su casa.
     Había un buen trecho hasta Blackpoint, pero decidió que lo haría a pie. Ya había pasado demasiadas horas sentado en el autobús, y necesitaba estirarse. Además, quería pasear y ver cómo había cambiado todo mientras él no estaba. Le apetecía ver gente, pasar por delante de escaparates, sumergirse en la ciudad. Así que echó a andar resueltamente.
     Por el camino, en cambio, se entregó a sombrías reflexiones. Como cada día, cada hora, cada minuto, vino a su mente la imagen de Karen. No necesitaba mayor motivo, pues su recuerdo era la trágica melodía que una y otra vez se repetía en su cabeza, quisiera o no, de forma vaga y persistente. Pero el reloj de la estación había removido un episodio muy concreto de su memoria, con lo que el recuerdo se tornó más vívido y doloroso. El día de su marcha, el día que tuvo que irse de la ciudad cargando además con su pérdida, el día que fue expulsado por los suyos y cortó lazos con el mundo que había conocido hasta entonces. Y todo ello para aprender algo que ya tendría que haber sabido: que no se puede huir del dolor, que éste nos sigue a todas partes, vayamos adonde vayamos, pues no está fuera, sino dentro de nosotros. Ahora, cumplido su destierro, pretendía regresar a ese mundo abandonado, y sin embargo sabía que las cosas no volverían a ser como antes; aunque tampoco quería que lo fueran. La vida no aguarda a los que se apean a mitad de camino, y él ya no pertenecía a nada, absolutamente a nada. Se sentía solo, y de hecho era como quería estar.
     Mientras caminaba en dirección suroeste, pasando al lado de cientos de transeúntes, de puestos ambulantes de comida y de relucientes reclamos comerciales, meditó acerca de los motivos de su regreso, pues se sorprendió a sí mismo pensando que ahora, una vez en la ciudad, ya no le parecían tan claros. Cuando estaba fuera sintió que algo lo llamaba, que era la hora de volver. Cumplido su destierro, la huida de sí mismo debía terminar, no tenía ya sentido. Pero, ¿qué buscaba allí, exactamente? ¿Olvidar? ¿Volver a empezar?
     En su largo exilio llegó a sentir un vacío que pensó que el regreso, con todo lo que implicaba, le aliviaría; pero ya no estaba tan seguro. Los fantasmas del pasado, por el contrario, probablemente se avivarían. Aunque era pronto para juzgar; tendría que darse tiempo. En realidad, se había sentido como arrastrado por una fuerza irresistible, por una llamada que le susurraba al oído que debía estar en casa, que era lo mejor. Pero ya no escuchaba ese susurro; y sin embargo, allí estaba él. A pesar de todo, aunque no estuviera muy seguro de la naturaleza de ese impulso, sabía que era mejor seguirlo que ignorarlo, aunque por el momento no pudiera comprenderlo: hay muchas cosas que sólo se entienden una vez que se han hecho. Semejantes impulsos, normalmente, muestran el camino a seguir cuando fallan las razones. Y había llegado un momento en que todas las razones lo habían abandonado, así como las esperanzas. Así que se dejó llevar, sin más.
     De todas formas, sí que había una razón objetiva por la que no le resultaba apetecible volver a la ciudad, pero que le obligaba a hacerlo: tendría que volver a encontrarse con los suyos, que lo habían expulsado. Lo que menos deseaba en ese momento era verlos; pero, aun así, tenía que hacerlo, pues de lo contrario no se libraría del castigo con el que había cargado durante dos décadas. En cualquier caso, sabía que ellos vendrían a buscarlo, si él no hacía acto de presencia. Una sola cosa tenía muy clara: no pensaba pedir perdón ni reconocer culpa alguna. Si él no comparecía –lo cual supondría darles una victoria moral–, ellos vendrían a por él y le dirían que tenía que ponerse de rodillas, pero no iba a hacerlo. Ya le habían hecho pasar demasiado de forma injusta como para añadir eso a su condena. No les debía nada; toda cuenta estaba saldada, y no aceptaría ninguna nueva humillación. No en esta vida. Así pues, que se presentaran cuando quisieran –que sería pronto, sin duda–. Él no pensaba ir a su encuentro, aunque sabía que éste era inevitable.
     De este modo le daba vueltas a la cabeza mientras caminaba, con la correa de su pesada bolsa, en la que llevaba cuanto tenía, clavándosele en el hombro. Pese a ello no se la cambió de lado, ni se detuvo. Quería llegar cuanto antes, y ese dolor en cierto modo lo reconfortaba, le hacía sentir su voluntad como algo físico, palpable. Prefirió sufrirlo.
     De camino a Blackpoint, recorrió unas cuantas manzanas por Broad Avenue, donde la gente empezaba a arremolinarse alrededor de los teatros y los restaurantes. Después salió de la avenida tomando una calle que lo condujo al Barrio Chino, en dirección sur, y un poco más tarde giró de nuevo en dirección suroeste para entrar en el más residencial Westbrook y cruzar el río –que unos dos kilómetros al este desembocaba en la bahía– por el puente Dawson. Poco a poco el perfil más elevado del centro, ese enorme volumen de piedra, acero y vidrio, había ido dejando paso a edificios cada vez más bajos, con un promedio de cinco alturas. Predominaba el ladrillo ennegrecido por los años y la contaminación, así como las paredes cubiertas de grafitis. El tráfico en las calles fue perdiendo densidad, cada vez había menos neones, y Blake encontró cierta tranquilidad, rota tan sólo por grupos de jóvenes alrededor de las escaleras de los portales y por la gente que volvía de trabajar a esas horas.
     Al fin llegó a Blackpoint, cuyas construcciones, en su mayor parte de comienzos del siglo pasado, le daban un aire inconfundible. En los tiempos en que Blake había venido a vivir aquí, era un barrio bohemio habitado sobre todo por artistas y gente de profesiones liberales. El artífice del barrio, que había sido un rico constructor que al parecer murió arruinado y loco, realizó en esta zona su sueño de levantar toda una pequeña ciudad de estilo neogótico. Eso le confería una atmósfera como de cuento de hadas –algunos decían que de terror– que atrajo a dicha gente, pues los ricos para los que estaba pensado consideraron desde muy pronto “de pésimo gusto” el barrio y prefirieron ocupar mansiones más modernas en la zona noreste de la bahía y en los acantilados. Como consecuencia de semejante desastre económico, los precios de los inmuebles en Blackpoint cayeron en picado y se hicieron muy accesibles.
     A Blake siempre le gustó la arquitectura de la zona, que era ciertamente extemporánea e impostada, pero a la vez fantasiosa y, en efecto, como de cuento. Le pareció un lugar muy propio para vivir, siendo quien era y lo que era, y le gustó también mucho la vecindad, poco dada a fijarse en los demás. Era un excelente lugar para pasar desapercibido.
     Pero todo eso fue varias décadas atrás, y Blake se preguntó si seguiría igual. De entrada, su primera impresión al internarse en las calles de Blackpoint, donde las estatuas y gárgolas acechaban desde las fachadas al transeúnte a cada paso, fue desalentadora: del antiguo ambiente del vecindario no quedaba nada. Únicamente vio pobreza por todas partes. Había muchos mendigos, prostitutas y drogadictos arrastrándose por las calles y apostados en las esquinas. Aquí y allá, incluso, se calentaban alrededor de fogatas encendidas en bidones de metal calcinados. En la mayoría de las ventanas no brillaba luz alguna. Le resultó pasmoso este contraste, no sólo entre la imagen actual y sus recuerdos, sino entre este barrio y los que había atravesado por el camino.
     Había visto una imagen de modernidad y confort en el centro que contrastaba con la imagen progresivamente decadente que se encontró a medida que se alejaba, y que llegaba al extremo de la ruina y la miseria en su antiguo barrio, antes de muy distinta condición. ¿Cómo podía haber degenerado tanto? ¿Qué había cambiado en su ausencia? No le cupo duda de que la inseguridad ahora debía ser muy alta, aunque eso a él, personalmente, no es que le afectara. Poco tenía que temer, pero aun así le pareció muy triste. Como corroborando sus pensamientos, notó que bastantes mendigos le clavaban los ojos al pasar. Una cara nueva, en un barrio donde sin duda se conocía todo el mundo.
     Se encaminó a su calle, preguntándose con creciente inquietud qué se encontraría al llegar. No sabía si su casa seguiría tal y como él la dejó; quizá la hubieran desvalijado. Aunque en ese caso se habrían encontrado con la desagradable sorpresa que dejó para los visitantes no invitados… En realidad, poco había allí que tuviera algún valor; sólo sus libros, recuerdo de tiempos mejores, y que no sería precisamente en lo que se fijaría ningún ladrón. A pesar de su impaciencia, tal vez por estar tan cerca de su destino se permitió parar un momento para dejar la pesada bolsa en el suelo y encender un cigarro, antes de proseguir. Después de tanto tiempo, unos segundos no supondrían ninguna diferencia.  
     Reanudó el paso y llegó a una pequeña plaza ajardinada que estaba ya muy cerca de su casa. Estaba tan transformada como el resto; de hecho, ya no podía decirse que estuviera ajardinada. Ahora la ocupaban grupos de pandilleros de mirada torva y más mendigos y borrachos como los que había por todas partes. Ciertamente, Blackpoint se había convertido en un gueto. La gente con la que se cruzaba y que parecía relativamente normal era escasa y parecía moverse con prisa, como con miedo a demorarse demasiado en la calle. Atravesó la plaza en diagonal, pasando al lado de una fuente con una estatua que representaba un amorcillo, un ángel infantil con unas alitas muy cortas, como si fueran de un pajarillo diminuto. En tiempos, se había sentado muchas veces en el banco de piedra de al lado, con Karen, a la sombra de unos árboles. Éstos ahora estaban secos, como negros y tétricos esqueletos, y la estatua sucia y pintarrajeada, además de que le habían roto un brazo y una de las alas.
     La contempló con pena al pasar, y sintió cómo era a su vez observado por un grupo de jóvenes que ocupaban su antiguo banco. Se volvió para mirarlos, sin detenerse; frías miradas devolvieron la suya, amenazadoras. Iban vestidos de cuero negro, con pesadas botas militares y cinturones con grandes hebillas metálicas y muchos adornos y cadenas, en su mayoría plateados. En los brazos de varios de ellos vio parches con el símbolo de los Luna Negra: una luna en cuarto creciente atravesada verticalmente por una espada. Eran lacayos mortales de esos andrajosos, los Perros Callejeros. Los empleaban en gran número, para que así la banda pareciera más poderosa de lo que en verdad era. Los suyos los distinguirían en el acto, pero para los mortales la diferencia era imperceptible. Desgraciadamente, los Lunas eran ya bastante numerosos y fuertes de por sí; y que se hubieran extendido a un barrio como Blackpoint, antes claramente fuera de sus dominios, era indicativo de que en la ciudad las cosas habían cambiado mucho, y no a mejor. Le costó creerlo, pero la evidencia estaba delante de él. De todas formas, ésos no lo reconocerían; eran demasiado jóvenes para saber de él, si es que aún podía importarle a alguien.
     Pero cuando salía de la plaza para enfilar la calle anterior a la suya, bajo la luz mortecina de las últimas farolas que aún funcionaban, escuchó algo –sus agudos sentidos se lo permitieron–. El grupo frente al que había pasado hablaba de él, y unos pocos se separaron del resto para seguirlo. No alteró su rumbo ni su ritmo, ni se giró hacia ellos, pero percibió que eran cuatro los que andaban tras él, y con evidentes intenciones hostiles. Pobres incautos.
     Se fueron acercando a él a medida que llegaba a su portal. Cerca de éste vio a otros dos pandilleros, que en ese momento estaban vendiendo droga –probablemente metanfetaminas– a unos adolescentes de mirada perdida y aspecto claramente mísero. Al ver venir a Blake, tan bien escoltado, repararon en él, y con una seña ahuyentaron a los muchachos. Aquello fue algo que Blake no pudo soportar: encontrar a esas ratas de los Lunas en su vecindario le resultaba ya ofensivo, pero que estuvieran trapicheando con droga en la puerta misma de su casa le pareció intolerable. Se aproximó a ellos apretando el paso. Su cara no era precisamente amistosa.
     Los dos individuos le cerraron el paso. Uno de ellos se dirigió a él:
     –¿Y tú quién eres, tío? No eres de por aquí ‒le dijo, mirándolo de arriba abajo. A su espalda se pusieron los otros cuatro pandilleros, rodeándolo.
     Blake, impertérrito, dejó caer su bolsa al suelo y escupió el cigarro a la cara del tipo. Los seis pandilleros se quedaron estupefactos unos segundos, hasta que el humillado Luna Negra sacó una navaja automática y, sin mediar aviso, intentó clavársela en el vientre a Blake.
     Éste le cogió el brazo por la muñeca, sin inmutarse siquiera, como si detuviera a un muñeco flácido moviéndose a cámara lenta. Con un solo movimiento le partió la muñeca, que crujió sonoramente. El tipo aulló de dolor y se le cayó la navaja; los otros se le echaron encima simultáneamente, pero Blake tuvo tiempo de reaccionar. Uno le atacó con un machete que sacó de su chaqueta de cuero; otro con una cadena; el tercero también empleó una navaja automática y los dos restantes intentaron agarrarlo por detrás para que los demás lo tuvieran a su merced. Blake se agachó en el último momento y el golpe de la cadena impactó en la cara de uno de éstos, dejándolo en el suelo con los dientes destrozados. A continuación, esquivó un golpe del que blandía el machete y de una patada en el torso tumbó al de la navaja. Otra finta demasiado rápida para ellos y el golpe de cadena que de nuevo iba dirigido a él se enroscó alrededor de la muñeca del que llevaba el machete. Blake cogió a ambos por las cabezas y las chocó con estruendo, dejándolos noqueados. El último recibió un puñetazo en toda la cara que le partió la mandíbula.
     La escena duró apenas unos segundos; los muy estúpidos no tuvieron ninguna oportunidad. La gente que presenció la pelea se quedó con la boca abierta, contemplando a Blake como si vieran a un ser sobrenatural, y sin saber que de hecho lo era.
     Entonces se dirigió al que parecía el líder del grupo, el primero al que había despachado. Éste estaba encorvado de dolor, sujetándose la muñeca rota con la otra mano. Al ver acercarse a Blake, le gritó:
     –¡No sabes lo que has hecho, cabrón! ¡Estás muerto! ¡Te has metido con los Luna Negra! ¡No hay sitio en esta ciudad en el que puedas esconderte de nosotros!
     Blake no contestó. Lo levantó como si fuera un saco de paja, cogiéndolo de la solapa de la chaqueta de cuero, y con la otra mano le sacó del bolsillo interior la bolsa en la que llevaba las pastillas que vendía. Se acercó al sumidero más próximo que había en la calle y tiró por él la bolsa a las alcantarillas.
     –¿De verdad no sabes con quién te estás metiendo? ¿Sabes lo que acabas de hacer? Esa bolsa vale más que tu vida, pordiosero –le espetó el Luna.
     Blake pasó de nuevo a su lado, tras recoger su macuto, y le soltó un humillante revés con la mano, que acabó con él de nuevo en el suelo.
     –Sé de sobra quiénes sois. Sois la peor escoria de esta ciudad. Y de vez en cuando no está mal que alguien os lo recuerde y saque la basura. Ahora largaos de aquí antes de que empiece a haceros daño de verdad. Esto ha sido una advertencia: que no os vuelva a ver vendiendo vuestra mierda en mi barrio. A partir de ahora os andaréis con más cuidado.
     Los pandilleros se ayudaron unos a otros a levantarse y salieron de allí como pudieron, trastabillando entre los que contemplaban el espectáculo. Los Lunas no eran gratos para casi nadie, pero todo el mundo les tenía mucho respeto. Tan sólo el jefe del grupo se giró antes de desaparecer tras una esquina, y le gritó con voz rota:
     –¡Volverás a saber de nosotros! ¡Esto no va a quedar así!
   –Si vuestro hobby es recibir palizas, ya sabéis donde encontrarme –contestó Blake.
     Por fin estaba frente a su destino, el número trece de la calle Ithaca. Era similar a los demás de Blackpoint: un edificio de viviendas, éste en particular de siete alturas, concebido como residencia para gente adinerada y después venido a menos. De estilo neogótico, tanto el portal como las ventanas eran altos y estrechos, rematados en arcos ojivales. La fachada ofrecía un aspecto imponente, recargado dirían algunos: el dintel interior de la entrada estaba sostenido por dos columnas esculpidas con la forma de lo que podrían haber sido santos –otro detalle que siempre gustó a Blake, pues le resultaba exquisitamente irónico–, figuras vestidas con túnicas y ennoblecidos por largas barbas. Adornadas repisas separaban cada planta, y cada una de las esquinas estaba rematada con finas agujas de piedra.
     La fachada estaba bastante sucia y deslustrada, de forma que aquella arquitectura fuera del espacio y del tiempo parecía realmente más antigua y venerable de lo que era. Blake notó que, como en casi todo el barrio, muy pocas luces estaban encendidas, pese a la hora que era. Parecía haber poca vida en aquel inmueble, o en todo caso esa vida se ocultaba. O simplemente no podía pagar la luz.
   Entró. El antaño elegante portal estaba oscuro y cochambroso. Qué diferencia con el recuerdo que guardaba. Nadie había limpiado en mucho tiempo, y había porquería tirada por el suelo. Se acercó al ascensor, que se encontraba en la planta baja; de la reja de hierro colgaba un cartel manuscrito que decía «fuera de servicio». Así que subió por las escaleras, acarreando su pesada bolsa. Las siete plantas, pues su piso estaba en el ático.
    Al llegar arriba se encontró en un rellano más oscuro todavía que el portal –lo cual no era problema para su visión, capaz de penetrar las tinieblas–, en el cual sólo había una puerta, la de su piso. Cuando estuvo frente a ella, dejó la bolsa en el suelo e inspiró profundamente. Buscó en el macuto las llaves que durante tantos años no habían entrado en esa cerradura, las cuales encontró en una pequeña bolsita de cuero muy vieja, y abrió. Varios pesados cerrojos se descorrieron con un chasquido. Entró en su antigua morada, y fue como entrar en su pasado. Allí dentro veinte años de vida no habían transcurrido, habían quedado conservados como en formol.
     No era a formol a lo que allí olía, sin embargo, sino a aire enrarecido y polvo. Buscó el cuadro eléctrico, lo encendió y las luces crepitaron tímidamente hasta encenderse. «Hágase la luz», se dijo; siempre era preferible a la oscuridad, por bien que se desenvolviera en ésta ‒al fin y al cabo, era un Señor de la Llama Eterna, y en algo se tendría que notar‒. Cerró la puerta, dejó caer allí mismo la bolsa y se dirigió a las ventanas para abrirlas y dejar que entrara el aire fresco de la calle. Sólo entonces se volvió y contempló el que había sido su hogar, y advirtió que la melancolía que sintió al llegar a la ciudad se hacía ahora mucho más intensa. Parecía como si estuviera soñando que había regresado, pero en realidad no lo hubiera hecho, sino que siguiera en su destierro, en cualquier lugar muy lejos de allí. Algo de él, en cualquier caso, no había vuelto, ni volvería nunca. Al menos comprobó que, afortunadamente, nada parecía estar fuera de lugar. Todo se veía en orden, tal y como él lo dejó. Nadie había entrado allí; la puerta estaba intacta.
    Se encontraba en un amplio ático abuhardillado que constaba de una única y amplia estancia que era a la vez salón, dormitorio y cocina; tan sólo el cuarto de baño y un trastero estaban separados por tabiques. La luz era magnífica, esa luz rojiza de los crepúsculos de Hellstown, todo lo cálida que podía ser en esa ciudad maldita. Contempló la cama, sobre una gran alfombra redonda de color azul celeste, en un extremo. Esa cama, que había compartido tantas noches con Karen, y que no volverían a compartir. El calor de ella a su lado, que sería frío para siempre. Sintió que se precipitaba en un abismo de tristeza, así que dejó de mirarla. A su lado había un amplio armario de madera de cedro, donde ambos guardaban su ropa. En él quedaban cosas de Karen, así que se dijo que, al menos por el momento, no debería abrirlo siquiera.
     En el otro extremo estaba su biblioteca, cubierta de polvo, como todo. Antes daba una importancia extraordinaria a los libros, a pesar de ser un Vigilante –cosa que muchas veces sirvió para que hicieran bromas a su costa–, pues esperaba de ellos, como todos los Señores de la Llama, obtener sabiduría y respuestas. Le interesaba especialmente la filosofía, pues pensaba que las respuestas a sus preguntas vendrían antes de ésta que de la teología, del hermetismo o de la mística, en los cuales muchos de los demás Señores de la Llama, sus antiguos hermanos, buscaban el sentido de todo. Pero nunca alcanzó semejante sabiduría, y lo único que había conseguido con sus estudios era acrecentar sus preguntas, su incertidumbre. Cuando Karen murió, además, le pareció que todo aquello era absurdo y que los libros, en realidad, no importaban nada; vio toda su vida anterior como un desperdicio. Se había convertido en un escéptico, en un viajero, en alguien que tenía que tocar las cosas, experimentarlas por sí mismo, para creerlas. Los libros formaban, por así decirlo, una parte de su infancia. Como tal, siempre la recordaría con cariño; pero había quedado superada. Por lo menos, eso creía.
     Aunque el ático entero estaba cubierto de una densa capa de polvo, no era ése el momento de ponerse a limpiar. Además, estaba hambriento después del viaje; no había probado bocado desde el desayuno. Antes de salir, no obstante, se sentó en uno de los viejos sofás de piel ‒levantando una nubecilla de polvo‒ y sacó lo que llevaba en su macuto. La mayor parte era ropa; no mucha, pero muy buena y resistente. Varios gruesos jerséis, un par de viejos pantalones vaqueros y un par de botas, aparte de las que llevaba puestas, y una chaqueta de cuero, componían casi todo su vestuario, aparte de unas cuantas camisetas y mudas de ropa interior. Se había movido sobre todo por el norte, en los últimos años, y en especial por áreas rurales, huyendo de los hombres y de los suyos, que también suelen concentrarse en las ciudades.
     Aparte de la ropa, sacó de la bolsa el resto de sus cosas: sus útiles personales y de aseo, que llevaba en una bolsa de cuero marrón bastante gastada; un montón de pequeñas libretas –en las que anotaba sus reflexiones y recuerdos–, algunas de las cuales tenían ya bastantes años, y que releía constantemente, pues sus recuerdos eran tantos que empezaban a confundirse en su cabeza; unos cuantos viejos medallones y amuletos, que llevaba sobre todo por su valor simbólico; y cómo no, una carterita también de piel en la que llevaba varias fotos pequeñas de Karen, fotos que no había dejado de mirar una y otra vez en la últimas dos décadas, y que estaban ya viejas y amarilleaban.
    Por último, se sacó de debajo del cuello del jersey la cadenilla que llevaba colgando. Una fina cadena dorada con un pequeño colgante: una piedra roja engarzada en una cápsula del mismo material dorado de la cadena. La piedra refulgía suavemente. Esa cadena había colgado durante veinte años de su cuello, con su tremendo peso que nadie podría imaginar a simple vista. Una parte esencial de su castigo. Esperaba dejar pronto de llevarla; ansiaba el momento. Pero no se dirigiría a ellos para que se la quitaran: podía esperar un poco más. Se preguntó si tal vez la piedra delataría su presencia en la ciudad, y pensó que efectivamente así sería. Sólo tenía que ser paciente.  
     Se guardó de nuevo la cadenilla con la piedra y dejó las cosas sobre la mesa del salón, sin ordenar nada de momento; ya se ocuparía de eso. A continuación, salió en busca de algún sitio donde cenar.
     No muy lejos de allí, pasando a través de la nube de miseria que ahora envolvía las noches de Blackpoint, encontró un restaurante. Entró, se sentó en una de las mesas, junto a una ventana, y esperó a que lo atendieran. A su alrededor, en las otras mesas y en la barra, había unos cuantos hombres con aspecto de trabajadores, silenciosos y cansados. Sonaba de fondo una radio que emitía viejos éxitos, que seguramente nadie escuchaba. La camarera que se acercó a atenderlo era una mujer de unos cuarenta, gruesa, con el pelo pajizo y una gran verruga en la cara. Tenía un aspecto tan cansado como el de sus clientes, aunque su expresión era afable.
     –¿Qué va a tomar?
     –Un filete con patatas y un trozo de tarta. De lo que tenga. Manzana, queso, cerezas... Da igual. Y una cerveza.
     –Enseguida.
    La camarera le trajo la cerveza y se volvió a la barra a esperar que el pedido saliera de la cocina. Blake se frotó los ojos y miró con pereza a su alrededor. El local estaba bastante tranquilo; nadie hablaba. Gente terminando su jornada, sin muchas ganas de fiesta. Sin proponérselo, casi sin darse cuenta, echó un vistazo a la superficie de sus mentes. Encontró lo de costumbre: preocupaciones, tristeza, soledad. El peso de los días acumulándose sobre las espaldas hasta hacerlas inclinarse. Éste podría perder pronto su empleo, y no sabía qué hacer; el otro había discutido con su mujer; el de más allá pensaba en el programa de televisión que vería esa noche. A la camarera le dolían mucho los riñones.
    Se dio cuenta de que lo estaba haciendo otra vez, y se detuvo. No era muy respetuoso hacer eso, aunque tampoco creía que a ellos les fuera a importar mucho si lo supieran. Al fin y al cabo, hay más o menos la misma porquería en la cabeza de todo el mundo. En la suya también, por muy especial que fuera.
     Uno de sus pecados era la curiosidad, desde luego. «Menos mal que es un pecadillo venial, y no uno capital», se dijo, y una sonrisa torcida cruzó su cara. Sólo le faltaría añadir más cargos a su condena. A menudo se preguntaba si no era la curiosidad lo que estuvo detrás de todo; si la Caída no tuvo otra causa que ésa. Aunque, de todas formas, hacía ya mucho que no pensaba en esas cosas. No era como los otros, siempre obsesionados con ese tema.  
    La camarera le trajo su plato y otro platillo más pequeño con el trozo de tarta. Le preguntó si quería algo más, y ante su negativa volvió a la barra de nuevo. Él cortó un trozo de filete y se lo llevó a la boca.
    Y ya que pensaba en los otros, ¿qué habría sido de ellos? No era algo que le quitara el sueño, precisamente; hacía veinte años que fue desterrado, pero ya antes estaba harto de ellos, harto de esa comunidad sumida cada vez más en el oscurantismo, harto de ese necio de Theodor que había usurpado el liderazgo y que los llevaría al desastre. Ya no encontraba ningún sentido a nada de lo que hacían, y los lazos que lo unían a la comunidad habían llegado a parecerle una mera impostura. Necesitaba orientarse, y entonces comprendió que ellos nunca podrían ayudarle en eso. Finalmente, tras la muerte de Karen, supo que jamás pertenecería de nuevo a esa sociedad.
    Daba por hecho que seguirían por el mismo camino, que habrían continuado esa deriva irracional que tan mal casaba con su nombre, los Señores de la Llama Eterna, el cual en otra época significó algo. En los tiempos de William, y antes de él. Decididamente, no tenía ningún interés personal en verlos. Le harían muchas preguntas a las que no quería responder, y por supuesto pretenderían que volviera con ellos, lo cual le apetecía todavía menos. Aun así, quedaban algunos miembros de la comunidad por los que todavía sentía afecto, y de los que se había acordado repetidas veces en su largo exilio. Stephen, Paul, June… y por supuesto Mike, que había sido su mejor amigo. No pudo evitar hacerse preguntas sobre ellos, ahora que estaba en la misma ciudad –y era capaz de captar tenuemente su presencia–. Es imposible olvidar del todo. ¿Cuánto tardarían en saber que había vuelto? ¿Lo sabrían ya, de hecho?
    Lo poco que había visto ya confirmaba que había grandes diferencias en la ciudad: tanta miseria, y los Luna Negra a sus anchas fuera de su antiguo territorio… Tal vez se había producido un cambio en el reparto del poder. Y cualquier cambio en ese sentido podría afectarlo directamente, por más que él quisiera permanecer al margen de la emponzoñada política “subterránea” de Hellstown. De todas formas, sabía que estaba a punto de descubrirlo; no tardarían mucho en dar con él. Sólo esperaba tener todavía algunos amigos en la ciudad. Los desterrados que regresan no suelen ser la gente más popular. 



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martes, 4 de julio de 2017

ENTRE ÁNGELES CAÍDOS



No se sabe mucho de Rain. Hasta donde conocemos, se trata de una joven mortal de veintipocos años, que siendo adolescente se escapó de casa de sus padres. Estuvo en las calles malviviendo algún tiempo y tuvo contacto con las drogas. Finalmente, la encontramos en Hellstown (de donde no parece ser oriunda), como cantante de una banda de rock duro llamada Cold Rain. La banda todavía no ha salido del ambiente underground, pero se está dando a conocer en el mundillo y toca ocasionalmente en El Purgatorio, local de moda en la ciudad.

El Purgatorio es frecuentado por toda clase de gente, una extraña mezcolanza que ni los expertos en tendencias de la ciudad son capaces de explicar: allí acuden desde ejecutivos hasta punkis a disfrutar de un ambiente mortecino, muy oscuro, iluminado con velas artificiales, adornado con calaveras y reproducciones de El Bosco. Lo que la gente no sabe es que es un local de los ángeles caídos, entremezclados con los mortales en las barras y en la sala de conciertos; de ahí la fascinación que el sitio ejerce sobre estos últimos, que acuden allí como los insectos a la luz (aunque se trate de una luz oscura)

El local se encuentra en una zona de vital importancia, al oeste de la ciudad, justo donde el territorio dominado por los Señores de la Llama Eterna deja paso a la zona bajo el control de los Luna Negra (los dos clanes de los caídos más poderosos de Hellstown). Allí coinciden miembros de ambos clanes, así como de otros menores. El Purgatorio es la única zona franca de la ciudad: en él está prohibida toda pelea o discusión, así que constituye un lugar de relativa calma en mitad de la tormenta que se cierne sobre Hellstown. Al menos de momento...

Es allí donde Cold Rain se está haciendo un nombre. Y es allí donde Blake, el protagonista de la novela, ve por primera vez a Rain, la cantante mortal, en mitad de una actuación. El problema de la enigmática Rain es que es la novia de Moloch, un importante miembro de los Luna Negra. El enemigo.


Si quieres saber cómo sigue la historia, lee Balada de los caídos. La encontrarás en Amazon y en otras librerías online (tanto en papel como en Kindle y otros formatos de ebook). 



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lunes, 19 de junio de 2017

DEMONIOS ENTRE NOSOTROS



Los ángeles caídos viven entre nosotros.

Parecen personas normales, pero son muy longevos y tienen capacidades sobrenaturales. Como castigo por su rebelión contra Dios, están condenados a reencarnarse una y otra vez a lo largo de los siglos, olvidando quiénes son y teniendo que empezar siempre de nuevo y recordar sus vidas anteriores. Por ello, se encuentran siempre al borde de la locura, desde que en su adolescencia se produce el Despertar y descubren lo que son y el terrible misterio que oculta su pasado.

Christopher Blake es un caído que fue desterrado por su clan, los Señores de la Llama Eterna, veinte años atrás. Ahora regresa a su ciudad, Hellstown, para ser readmitido por ellos, por oscuros motivos personales. Pero se encuentra con que está a punto de estallar una guerra entre los Señores y sus rivales, los Luna Negra, por el control de la ciudad. Y así, se verá atrapado en una historia que aúna de forma trepidante la violencia y el misterio.

Balada de los caídos (D. D. Puche) es una novela de fantasía oscura con grandes dosis de terror y género negro.



- Consigue tu ejemplar de Balada de los caídos aquí en Amazon, tanto en papel (edición normal y de bolsillo) como en versión Kindle.

- Consigue tu copia de la novela, en otras versiones de ebook, aquí en Smashwords.

 
© D. D. Puche, 2017. 


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martes, 6 de junio de 2017

BOOKTRAILER

 

Os presentamos el nuevo Booktrailer de Balada de los caídos. Que lo disfrutéis.

 

Una ciudad sombría. Un ángel caído perdedor. Un misterio macabro. 
La novela Dark Fantasy de D. D. Puche.





Balada de los caídos, 2ª edición © D. D. Puche, 2017. Puedes comprar la novela en Amazon, tanto en papel como en Kindle, y en otras librerías online, en el resto de formatos ebook.

domingo, 14 de mayo de 2017

BALADA DE LOS CAÍDOS, 2ª EDICIÓN



Los ángeles caídos están entre nosotros. Son personas aparentemente normales, pero extremadamente longevas y con capacidades sobrenaturales. Están condenados a reencarnarse una y otra vez a lo largo de los siglos, como condena por su rebeldía, olvidando quiénes son y teniendo que empezar siempre de nuevo a recordarlo todo. Se encuentran constantemente al borde de la locura, desde que en su adolescencia se produce el Despertar y descubren lo que son y el terrible misterio que ocultan sus vidas, hasta entonces aparentemente normales.

En la ciudad de Hellstown está a punto de estallar una guerra entre los dos clanes de los caídos que la controlan en la sombra, los Señores de la Llama Eterna y los Luna Negra. Uno de los Señores de la Llama, Christopher Blake, acaba de regresar de un exilio de veinte años por haber desobedecido la Ley, y para ser readmitido le será encargada una misión en el territorio de sus enemigos. Al cumplir esa misión descubrirá cosas y personas que le llevarán a replantearse su pasado y hasta lo que es.

Éste es el argumento de Balada de los caídos, una novela DarkFantasy para jóvenes y adultos que combina la acción, el misterio y la filosofía de una forma única. 


Segunda edición ya a la venta, con texto revisado y sustanciales mejoras.



© D. D. Puche, 2017. Puedes comprar Balada de los caídos en Amazon, tanto en papel (versión normal y de bolsillo) como en Kindle, y en otras plataformas digitales en el resto de formatos ebook.


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martes, 28 de febrero de 2017

CHRISTOPHER BLAKE: UN ÁNGEL CAÍDO



El protagonista principal de Balada de los caídos es Christopher Blake. Dos décadas atrás fue desterrado de su ciudad, Hellstown, por haber violado la Ley de su clan (los Señores de la Llama Eterna), y ahora acaba de regresar. Blake era un Vigilante, los encargados de detectar y abatir a toda criatura que surja del Abismo a través de las numerosas grietas que conectan ese mundo con el nuestro. Con diferencia, el Gremio más peligroso al que puede pertenecer un caído, si bien hoy en día la actividad de esas grietas parece haber decrecido (por lo menos hasta hace unas semanas, cuando se ha disparado coincidiendo con el regreso de Blake). En realidad, él quiso ser un Sabio, los caídos que se dedican a preservar el saber arcano del que surgen el poder de los caídos; pero le obligaron a convertirse en Vigilante por si inusual don para captar las perturbaciones de la realidad al abrirse una grieta. A Blake nunca le ha gustado su trabajo, y eso quizá esté detrás de sus problemas con la bebida. 

¿Cuál fue el delito que llevó a su exilio? Fue tener una relación sentimental con una mortal (cosa que los Vigilantes, y sólo ellos de entre los caídos, tienen prohibido) llamada Karen. Ésta murió en circunstancias extrañas, y él culpó de ello al Consejo de su clan, pues pensaba que habían averiguado su relación y que la muerte de Karen era su castigo. Como consecuencia su clan, que negó todo conocimiento de esa muerte, lo desterró; pero Blake siempre sospechó de su líder, Theodor. Ahora, acabado su destierro, Blake ha regresado a la ciudad para averiguar si, en efecto, Karen fue asesinada por aquél. Pero para ello tendrá que ser admitido de nuevo, muy a su pesar; aunque aún tiene algunos amigos entre los Señores. 

Los Señores de la Llama tienen la hegemonía de Hellstown y se ocultan tras la fachada de una multinacional, la Elysius Enterprises. Bajo el liderazgo de Theodor, su Alto Señor, están entregados al poder mundano y se han vuelto oscurantistas; han olvidado su pasado ilustrado y benefactor de la humanidad desde que William, su anterior líder (y mentor de Blake), fue depuesto y expulsado (nunca más se supo de él) por su "debilidad". 

A su regreso, sin embargo, Blake se encuentra con complicaciones inesperadas. Una guerra por el control de Hellstown está a punto de estallar entre los Señores de la Llama y sus principales rivales, los Luna Negra, una banda que ha crecido muchísimo en los últimos años y ahora controla los bajos fondos. Por si fuera poco, como condición para ser readmitido, a Blake le es encargada una peligrosa misión: deberá investigar las desapariciones de varios miembros de su clan cerca del territorio de los Luna Negra, hecho que podría ser el detonante definitivo de la guerra. Durante sus investigaciones, Blake conocerá a Rain, la cantante mortal de una banda de metal. Ésta resultará ser novia de Moloch, uno de los principales lugartenientes de Hador, el líder de los Luna Negra. Rain le recuerda sorprendentemente a la difunta Karen, y por ello intentará salvarla del siniestro destino que le aguarda con los Lunas, cuya realidad sobrenatural ella ignora. De esta forma Blake, un ángel caído, decide convertirse en su "ángel guardián" y protegerla, en contra de las órdenes que ha recibido y, de nuevo, en contra de la Ley. 




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© D. D. Puche, 2017. 



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domingo, 19 de febrero de 2017

EL PURGATORIO


Esa noche había una larga cola para entrar en El Purgatorio. Tras unas cuantas actuaciones exitosas el nombre de Cold Rain había corrido de de boca en boca, y empezaban a ser conocidos en el ambiente underground de la ciudad. Como a Blake no le apetecía esperar, se dirigió directamente a la puerta, donde el tipo musculoso de la otra noche, que lo reconoció, lo dejó pasar.

El local estaba ya bastante lleno cuando Blake entró y se abrió paso hacia la barra. Esa noche no venía a hablar con Oscar, y viendo cuán abarrotado estaba aquello, se imaginó que su amigo tendría obligaciones que atender, así que ni se planteó subir a la planta vip. Esa noche era uno más; compartiría la pista con el resto del público, entre el que percibió a algún Luna Negra, y también a varios Íncubos y Súcubos. Lo típico allí; si lo percibieron a él, pareció darles igual. Así que se quedó abajo, con una cerveza, en una zona cercana a la barra que, aunque más alejada del escenario, le permitía tener una mejor visión del mismo. El ruido era considerable, así como la cantidad de gente de estética rockera, gótica y punk.

Entre el tumulto se podían escuchar algunos arpegios de guitarra de los músicos, que estaban afinando sus instrumentos. Justo cuando Blake dio cuenta de su cerveza y dejó la botella vacía sobre una repisa lateral, la luz se apagó casi por completo, y cada miembro de la banda ocupó su sitio en el escenario. Entonces subió a él la joven cantante y se puso en el centro. Blake quedó atrapado por su visión; no podía apartar los ojos de ella. Se escuchó el lamento de una guitarra eléctrica abriendo el concierto, mientras los silbidos y el griterío que ahogaban todo sonido se iban apagando. El comienzo del tema era lento y melancólico, oscuro, hasta que entraron la batería, la otra guitarra y el bajo llevándolo hacia paisajes más agitados. Entonces se dejó oír la voz agridulce de Rain; un foco se encendió directamente sobre ella desde la parte trasera del escenario, dando a su figura un aspecto algo fantasmagórico pero a la par muy sensual, mientras arreciaban los silbidos de júbilo del público.

Aunque antes de la otra noche Blake nunca había visto a Rain, le parecía reconocer sus sutiles movimientos de cadera o las inflexiones de su voz como si la conociera de toda la vida. Sin duda había vivido y sufrido mucho, a pesar de su juventud; nadie que cantara así, que pudiera transmitir ese dolor y esa rabia contenidos, podía carecer de un amargo pasado. Eso le hizo sentirse aún más atraído por ella. Se sentía envuelto y transportado por la música. Ni siquiera pensó en conseguir otra cerveza; tan absorbido estaba por esa muchacha que se comía el escenario y llenaba el local entero con su voz y su presencia.

Entre el gentío, el furor de la actuación y el ensordecedor sonido de la música, Blake reparó en el aura de aquella belleza siniestra vestida de cuero negro y de larga melena suelta. Era un aura extraña, muy extraña: oscura y atrayente a la vez. No recordaba haber percibido otra igual en ningún mortal. Tenía unas tonalidades, por así decirlo, fuera del espectro habitual. Tal vez ello tuviera algo que ver, aparte de sus cualidades musicales y las del resto de la banda, que eran innegables, con el rápido éxito que estaban teniendo. Ella parecía atraer, como la luz a los insectos, al público que cada noche se congregaba en mayor número para verlos actuar. Era, sin duda, un ser fascinante, fuera de serie. Cada uno de sus movimientos, de sus gestos, su voz, su bellísimo rostro, su mirada… Blake estaba como hechizado por ella. No se había sentido así desde que estuvo con Karen.

Mientras escudriñaba a la joven, ésta pareció notar por un momento la mirada de Blake entre los cientos que allí se centraban en ella. Él juraría que, justo cuando ella entonaba las notas más agudas del sobrecogedor estribillo de la canción, clavó sus ojos en los suyos –pese a que él se encontraba en un rincón apartado, entre las sombras–, para después dejar caer la mirada y continuar cantando, durante unos segundos, con los ojos cerrados. Blake se quedó paralizado por esa mirada, hasta que terminó la actuación.

Un rato después de que ésta acabara, los miembros de la banda habían dejado sus instrumentos sobre el escenario y estaban bebiendo unas cervezas que alguien les acercó. Hablaban animadamente entre sí y con gente del público que se acercaba a felicitarlos. Blake contemplaba a Rain desde la distancia, de nuevo con una cerveza en la mano. En un momento dado, ella levantó la mirada, mientras sonreía por algo que le habían dicho, y a través del espacio y del gentío miró a Blake a los ojos de nuevo, como si supiera perfectamente dónde se encontraba. Él le devolvió la mirada, pero entonces ella la apartó, instantáneamente, con desdén. Blake estaba confuso por la conducta de esa chica que tan extraña fascinación le producía. ¿Se había fijado en él casualmente? ¿Cómo es que, por dos veces ya, le había lanzado esas miradas, como si él fuera el único que estaba allí? ¿Qué era eso que ella tenía y que él era incapaz de explicar?

Blake se estaba haciendo estas preguntas cuando vio a un grupo numeroso de Lunas acercarse a la banda. Entre ellos estaba el indeseable de Baal, que según le había dicho el Viejo Jack –al que, por cierto, le extrañaba no haber visto por allí aquella noche–, era su novio. Y resultó ser cierto: se acercó a ella y le rodeo la cintura con su brazo, besándola en la boca. Ella parecía muy satisfecha, y se quedaron así un buen rato, mientras hablaban en grupo. Blake sintió una súbita ira al verla con ese tipo. No podía apartar la mirada de ellos a la vez que se lo recriminaba a sí mismo. «Estúpido», se decía; «¿a ti qué más te da? ¿Qué puede importarte esa chica? Sólo la has visto un par de veces, no es nadie. Y está con un Luna; debe de ser como ellos. Seguramente una de sus siervas mortales».

Y de repente, en ese instante de gran contradicción interna, Rain volvió a mirarlo. Esa vez la mirada fue más intensa, más significativa, pues desde donde estaba tuvo que girar claramente la cabeza para posar sus ojos sobre él. No parecía un cruce de miradas casual, ni mucho menos, sino deliberado. Fueron dos o tres segundos, pero a Blake le pareció que el tiempo se congelaba y duraban una eternidad. Había todavía algo de desdén en la expresión de ella, pero no tan acentuado como la primera vez; incluso, le pareció a Blake, había un matiz de curiosidad en esa mirada. Llegó a preguntarse si no estaba imaginándoselo, si no era casualidad que cruzaran sus ojos entre la multitud por tercera vez, o si era simplemente que ella se había dado cuenta de que él la miraba y le devolvía la mirada a su vez. 

Pero no, sabía que no era posible. Ella lo estaba mirando a él, y era ella la que lo había encontrado, entre todo el mundo, siempre a la primera, como si supiera dónde estaba en cada momento. De nuevo Blake se quedó perplejo. Entonces, como si el maldito Baal se hubiera dado cuenta de que estaba mirando a su chica, la cogió por la barbilla con la mano libre, la atrajo hacia sí y le dio un profundo beso en la boca. Y mientras lo hacía, abrió los ojos y miró a Blake, desafiante, como diciéndole: «¿qué haces mirando lo que es mío?» Parecía importarle más la reacción de Blake que la de ella. Tras soltarla, se quedó mirándolo y esbozó una maliciosa sonrisa. Rain ya no lo volvió a mirar, de espaldas a él como había quedado y con su novio sujetándola firmemente contra él. 

La botella de cerveza estalló en la mano de Blake. Se dio la vuelta, desentendiéndose de ellos, y se acercó de nuevo a la barra, donde estaba la camarera pelirroja, a la que pidió otra cerveza. [...]




© D. D. Puche, 2017. Puedes comprar Balada de los caídos en Amazon y otras tiendas online, tanto en papel como en ebook.

De los mismos autores, puedes leer también Noche de terror en Hellstown. Un cuento para niños y para no tan niños, disponible aquí.
 

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domingo, 12 de febrero de 2017

INFLUENCIAS DE LA LITERATURA, EL CINE, ETC.

Es imposible citar –es imposible recordar– todo aquello que ha ejercido alguna influencia sobre un proceso creativo. No obstante, en relación a Balada de los caídos, algunas referencias son tan claras que no podemos dejar de mencionarlas.


LITERATURA:

La novela negra clásica de Hammet y Chandler da el tono a la obra. Con nuestro protagonista (Blake) hacemos un homenaje poco disimulado a Philip Marlowe. 

Las Crónicas Vampíricas de Anne Rice, quien hizo algo serio con la literatura "de género" y dio alma y trasfondo a los que antes sólo eran "los monstruos"

Por supuesto, en el apartado del terror no podemos dejar de citar a Poe, Lovecraft y Clive Barker.

Como referentes clásicos ineludibles en una trama como la nuestra, es obligado mencionar el Prometeo encadenado de Esquilo, El paraíso perdido de Milton, el Fausto de Goethe, la obra de William Blake (¡cómo no!) y la menos conocida La rebelión de los ángeles, de Anatole France.


CINE:

La ambientación de esta novela tiene mucho del Drácula de Coppola, Blade Runner, El Cuervo, Los inmortales, Calles de fuego, Jóvenes ocultos, Días extraños, Underworld y las películas de los Nolan, especialmente Batman Begins.


FILOSOFÍA:

Hay que decir que Balada de los Caídos surge ante todo de nuestro deseo de escribir una novela basada en nuestra formación filosófica, de novelizar la filosofía. De ahí su temática fuertemente metafísica y reflexiva. Algunas teorías expuestas –deformadas para adaptarlas a la fantasía, claro– beben claramente de Platón, Spinoza, Kant y, por supuesto, del impío Nietzsche.


CÓMIC:

Diversos cómics han dejado su huella en nuestro estilo y narración, pero por encima de todos El Señor de la noche de Frank Miller y la serie Hellblazer, creada por el genio de genios Alan Moore.


MÚSICA: 

La música que sonaba de fondo mientras escribíamos y que, de hecho, está tan presente en la historia, es el metal. Nos vienen a la cabeza un montón de bandas y discos de heavy y black metal que es mejor ni mencionar aquí.


¿QUE NO ES BALADA DE LOS CAÍDOS?

Entendemos que, por el tema de la obra, se la pueda llegar a confundir con sagas de fantasía urbana para púberes (y sólo para ellos) con un marcado carácter romántico. O sea, Crepúsculo, Oscuros y similares. Pues bien, no va en esa línea en absoluto. Tampoco en la de series como Los juegos del hambre, Cazadores de sombras, Divergente, etc., ambientadas en mundos distópicos en los que adolescentes toman las riendas, se enfrentan al mundo de los adultos y lo transforman, de forma que triunfan la justicia y las hormonas. Hemos huido a toda costa de esos tópicos –simpatizamos bastante más con la mala leche y el cinismo de G. R. Martin, por ejemplo–. Y por supuesto, de las historias lacrimógenas de ángeles caídos que, entre pétalos de cerezo, ocultan al mundo sus alas (sean blancas o negras), las cuales simbolizan los complejos del lector, al que transmiten ese mensaje de "el ángel que tú también llevas dentro". Balada de los Caídos no es nada de esto.

Se trata más bien de una reflexión sobre la condición humana, de la que el ángel caído es para nosotros una poderosa metáfora. La Caída representa las inclinaciones fundamentales del ser humano: el poder, la ambición, la corrupción, etc., pero también lo que brilla en él, el anhelo de rebeldía y libertad (y cómo éstas, seguramente, no se pueden dar sin aquéllas). El ambiente noir de la historia le da a todo ello una forma que permite dicha reflexión, a la vez que la combina con un relato bañado en oscuridad y violencia. Nuestra pretensión es ante todo la de escribir buena literatura, por más que sea partiendo de los moldes que brindan ciertos géneros, cuyo contenido queremos reformular y llevar a altas cotas de calidad narrativa. Esperamos haberlo conseguido. Tú, lector, dirás si es así. 





© D. D. Puche, 2017. Puedes comprar Balada de los caídos en Amazon y otras tiendas online, tanto en papel como en ebook.
 

De los mismos autores, puedes leer también Noche de terror en Hellstown. Un cuento para niños y para no tan niños, disponible aquí.
 

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sábado, 14 de enero de 2017

¿ACABAS DE LLEGAR?

¿Acabas de llegar y aún no conoces el mundo de Balada de los caídos? No te preocupes; aquí tienes una rápida introducción. 

Balada de los Caídos es una novela negra sobrenatural (FantasyNoir) ambientada en Hellstown, una importante ciudad en la que el poder político y económico es ejercido desde las sombras por ángeles caídos, organizados en clanes rivales.

El protagonista es Christopher Blake, un caído que fue desterrado veinte años atrás por infringir la ley de su clan, los Señores de la Llama Eterna, y regresa ahora a la ciudad por un oscuro interés personal (que se irá aclarando a lo largo de la novela), a causa del cual necesita ser readmitido. Pero se encuentra con una situación muy conflictiva: la desaparición de varios miembros de su clan enfrenta a los Señores de la Llama con sus principales rivales, los Luna Negra, en cuyo territorio desaparecieron aquéllos en extrañas circunstancias. Inmerso en la investigación de lo sucedido, con el fin de ser readmitido, Blake conocerá a Rain, una joven mortal, cantante de una banda de rock y novia de un importante Luna Negra, la cual resultará ser una pieza decisiva en los acontecimientos.

Esta primera parte, El despertar del ángel caído, presenta a los personajes y es autoconclusiva, pero forma parte de una serie más extensa que irá desarrollando una compleja mitología. Su principal valor radica en ser una fantasía urbana "seria" que huye de los estereotipos romántico-adolescentes al uso para ofrecer un mundo consistente a la vez que original, sin descuidar por ello el suspense y la acción.

Una combinación de novela negra, fantasía urbana y terror que interesará a jóvenes y adultos por igual.



¡Adéntrate en la oscura narración de Balada de los caídos! Puedes pedir la novela en Amazon o en tu librería online favorita. También está disponible en formato digital. 

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